La celestial orilla


“Ellos mismos iban precipitándose
al llegar al borde de la celestial orilla,
y la maldición eterna los empujaba
para más apresurar su ruina.”

Milton




Al cabo de un momento, Guillén está como imbécil delante de esa música tan hermosa. El pianista aleccionando, humillando, aplastando. ¿Cómo se sentirá ser así de ilustre, de puro? Se pregunta Guillén. La melodía alcanza proporciones cósmicas. Mezcla de todas las propiedades divinas, coreografía indestructible, réplica del Espíritu. Casi doloroso. Masoquismo–éxtasis. Guillén incluso transpira: es tanta la emoción. Durante unos instantes, olvida al bebé, olvida a la esposa. Decide subirle el volumen a la música.

Termina el track 6 del CD, y Guillén vuelve a la realidad, se recuerda del
niño.

El niño. Con prisa llega hasta el cuarto: allí está, en efecto, aún duerme. Menudo. Por poco inexistente. Al borde de la nada. El sueño se ha estancado con pesadez infinita en su frágil constitución. Guillén sonríe orgulloso: es tan nuevo, pero ya tiene en su rostro una expresión de listo, de sabérselas todas. Es su hijo. Y la mejor perspectiva que le ha traído la vida en treinta y dos años de vida…

El track 7 ha empezado desde hace ya unos minutos. La música ingresa, aunque disminuida por las paredes, por la puerta cerrada del cuarto: una versión alejada, borrosa, bella a su modo. Guillén es padre, lo sabe, se complace sabiéndolo. Ser padre es algo que nunca pensó que le ocurriría. Aún le resulta extraño, de hecho, pensarlo. La alegría, la responsabilidad… Su propia vida reabsorbida por la vida de alguien más… Succionada por una poderosa dirección, un alfaque atronador –un bebé. Que Guillén observa. Un pequeño ente –castor desnudo– luchando por abrirse paso, y abrir un túnel en el marasmo de la inconsciencia, cavando en lo denso y lo anterior a la luz. Algún día llegará a la superficie, y le dirá: “Papá”. Habrá descubierto el mayor de los utensilios: el lenguaje.

En el mismo cuarto en dónde duerme el nene duerme asimismo la mujer; el cuarto está a oscuras; aunque no podemos verla del todo a ella, suponemos que es físicamente hermosa, y por dentro extraordinaria. A pesar de la música, ella duerme. Por lo general, a ella no le gusta cuando Guillén escucha música, porque le resulta imposible cerrar los ojos. Guillén lo sabe y a su vez lo niega. Pero ahora ella duerme, apaciblemente, muy cerca del bebé. Ella también es un bebé. Su bebé. Piensa apaciblemente Guillén. Hermosa, y por dentro extraordinaria. Su rostro está más allá de las tensiones, argumentos del día a día, de las pasiones y los sadismos, del ciempiés brutal de la cotidianidad.

Guillén se retira con cautela del cuarto, vuelve a la sala, en dónde el track 8 bendice, excomulga, se arrodilla buscando redención, arde en el fuego purificador que el talento epónimo del pianista aviva… para luego caer abruptamente en una parte muy triste, muy tenue. Guillén está en lágrimas. En verdad emocionado. Una especie de serpiente nostálgica se ha enrollado alrededor de su cuello, apretando: un antiguo remordimiento. Es todo muy puro.

Lamentablemente, el momento se rompe violentamente, como un espejo.

La razón: en la calle alguien ha disparado cinco tiros una tras otro. Guillén escucha, preocupado. Y luego otra vez: cinco tiros. Alguien allá afuera se divierte vaciando la tolva al cielo. “Todas las noches”, piensa Guillén. Adán Guillén recuerda a su amigo Giovanni, ahora muerto. A causa de una bala perdida. Era músico, Giovanni, siempre cuajado de ocurrencias: y lo extraña, a veces. Si en verdad Dios fuera justo, no existirían las balas perdidas, infiere Guillén, apóstata. Su mente se ha oscurecido en este paréntesis ateo.

Pero ya la melodía ha optado por volver al estruendo, a un rítmico desenlace, y Guillén se sumerge allí dentro, como un suicida en el abismo de los edificios.

Terminado el track 8, Guillén decide ir a dar una vuelta a la cocina. Posee ese cuaderno de apuntes con las más estrafalarias recetas. Lo aguarda una galaxia de posibilidades culinarias. Se decide por una receta muy sencilla, pero totalmente ingeniosa. Cuando el plato está listo, lo acompaña con una copa de vino. El track 9 promete aires estivales, una fiesta absolutoria, un círculo en llamas. El pianista escribe, edita, traduce. El placer se posesiona de Guillén, que no se molesta en lavar los platos. “Éste será un año maravilloso”, se dice a sí mismo. En su vientre ha surgido un nuevo apéndice –gozo, placidez.

Guillén considera que ha tenido una buena vida. Si tal ocurrencia es producto del vino que ha bebido o un argumento totalmente lucido, no lo sabemos. Lo importante es que en este momento, Guillén percibe su propia biografía como una obra hasta cierto punto poética, una síntesis conmovedora, valiosa, amarilla, y luminosa. Ha ido apartando los alacranes del camino, y así trazando una ruta de esperanza. Y luego él mismo aprendió a apedrear las sombras que se acercaban volando, como fantasmas de pies cortados.

Sus días hoy transcurren perfectos y burilados, palabras de un poema clásico. Nuevos aires de felicidad acompañan cada jornada suya. La característica principal de Guillén es su capacidad de maravillarse. Su mujer lo admira por ello. No es para nada como esos señores ya reventados de trabajo. En la mente de Guillén, lo sencillo es misterioso, cubierto de un polvo mágico.

Track 10.

Guillén sale a la terraza a contemplar la noche que regresa cada noche como una gran meditación. ¿Qué es la noche? ¿Por qué existe? ¿Por qué este fatal preámbulo al día y sus oficios vitales? ¿Por qué Dios formuló este requisito inconfesable? Guillén cumple con la ceremonia de buscar en el cielo estrellado figuras y patrones, de aceptar lo que su imaginación inventa, de clarificar su mortalidad viendo al infinito, y de sentir miedo. Es como pasar de ser hombre a ser ángel: un ángel, sí, con alas de misterio. Guillén mira desde la terraza. El borde de la terraza es la celestial orilla. Más allá, la muerte. Calles, personajes oscuros disparando sin tregua.

Decide ir a ver al bebé, y a su mujer, que produce extrañas onomatopeyas cuando duerme. Una larga seda lo guía de vuelta al cuarto. El cuarto está oscuro, un poco más oscuro que de costumbre. Sus ojos buscan. Hasta que poco a poco se van acostumbrando a las tinieblas. Nacen paulatinamente las formas, los esquemas, los rigores del mundo creado. Allí está el bebé. Guillén se acerca un tanto más. El bebé no se mueve. Una bala perdida ha surcado los espacios, se ha introducido en los entresijos de la casualidad, perforado el tejido adiposo de lo cotidiano, succionado un vórtice hipocondríaco de malestar, metido por la ventana dejando un agujero localizable y perfecto, brillado como un cristal divino, rebotado contra una de las notas del pianista, y rebotado otra vez en el techo, ricochet silencioso y milagroso. Y ahora el nene no duerme, está muerto. Guillén gesticula como loco. Su mujer se ha levantado de un sueño profundo. El track 10 ha terminado. Casi es de mal gusto decir que era el último track del disco.   
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